noviembre 15, 2006

RESEÑA
The Flaming Lips @ Hammersmith Apollo, Londres, 13 de noviembre


La noche del lunes 13 del mes once del año 2006 los Flaming Lips regresaron al legendario teatro de Hammersmith (antes el Odeon, ahora el Apollo) para dar una lección magistral de lo que puede ser el rock and roll. El aura del Apollo le cae a cualquier fan del rock británico que se precie con todo el peso de más de tres décadas de historia. El órgano del costado y los candelabros, el escenario mismo, el techo, los tapices: un edificio impregnado de ecos y reverberaciones de una historia riquísima y muy compleja. Inevitable entrar y no pensar en David Bowie maquillándose en el backstage y en la planeación de una muerte anunciada en la marquesina de afuera.

Así, atravesados por el rayo de la historia, con una lagrimita metafórica corriendo por nuestra clavícula, llegamos al Apollo con el aliento entrecortado. El escenario estaba decorado simplemente con cuatro medias esferas de colores amarillo y verde, y los instrumentos de la banda texana Midlake, que abriría el concierto, estaban siendo conectados. Wayne Coyne saldría varias veces a saludar a los fans o a disparar confetti con un rifle especial para eso, como si nada, vestido de pantalón de vestir gris, camisa blanca y chaleco. Midlake tocaron un corto set con proyecciones de diversos tipos al fondo, a veces fragmentos de películas sobre la revolución francesa o la época victoriana, otras veces videos caseros hechos por ellos mismos. Una mezcla entre los Decemberists y el Arcade Fire, pero sin el sello distintivo de aquellos, composiciones para piano-guitarra-bajo-batería-teclados con un sello melancólico-folkie y una voz muy tipo a la Colin Meloy (al menos en vivo, porque en la grabación ya suenan más parcos, más "normales"). Steven Drozd tocó con ellos la batería en la última pieza, y todo el concierto Wayne Coyne y Michael Ivins estuvieron sentados en el escenario viéndolos tocar.

Tras un brevísimo receso todo sería la locura. Los globos amarillos que nos habían dado en la entrada ya estaban inflados y viajaban por el aire. Globos-pelotas enormes, gigantes, color verde cayeron del techo, y personas vestidas de superhéroes -Capitán América, Super Girl, The Thing, The Space Ghost, The Phantom- llegaron al escenario, así como dos coros de seres del espacio, entre marcianos y ayudantes de Santa Claus del lado izquierdo del escenario, presididos por un alien verde inflable gigantezco; del lado derecho un ejército de Santa Clauses presididos por un Santa Claus inflable gigantezco también, todos con linternas que movían en todas direcciones como si de cazadores de E.T. se trataran. Confetti multicolor caía de todos lados; burbujas de jabón chocaban con los globos amarillos y los globos enormes verdes, el humo llenaba el aire del Apollo, con el fondo de una megapantalla completamente en rojo. En eso, un hombre gordo vestido de mayor, tocando una campana, gritando "Oyez! Oyez!" y anunciando a manera de coro isabelino lo que habría de proseguir... enfatizando así la cualidad dramática, autoconsciente, performativa, circense, del espectáculo que habría por venir.

Cuando el humo impedía ver lo que pasaba en el escenario, los primeros acordes de "Race for the Prize" y Wayne Coyne, Flaming Lip extraordinario, adentro de una pelota transparente gigantezca, como cápsula espacial, surfeando sobre la gente en el pit, las manos colectivas impulsándolo de un lado a otro... y Wayne con su cara de científico loco, de profeta mariguano, de visionario enloquecido, sonriendo, en éxtasis... Durante todo el concierto Wayne daría largas introducciones a las canciones, tratando de explicar su sentido, dedicando el concierto entero a celebrar la derrota de los Republicanos en Estados Unidos y la inminente salida de George Bush y a predicar el amor y la posibilidad de la armonía y del gozo y del placer y de todo lo bueno que hay en esta vida a pesar de su brevedad y de nuestra trágica finitud. Wayne aceptaría ante el público que no sabía si serían capaz de superar semejante primer acto, espectacular y excesivo, multisemiótico, delirante. Pero la segunda pieza, "Yoshimi Battles the Pink Robots pt 1", fue convertida en un magno y épico karaoke, un himno de la vida contra la muerte, un desesperado y emotivo acto artístico en contra de la tristeza. Wayne intentaría una y otra vez hacer cantar al público reunido en el Apollo, que, mayoritariamente anglosajón, se comportaría decentito, peinadito, paradito, sin moverse (a excepción de los fanáticos en los primeros metros frente al escenario, que varias veces intentaron algo semejante a un mosh pit, sin lograrlo). Algo intentaba cantar el público, pero en realidad la respuesta del público era demasiado controlada, fuera de lugar en comparación con la locura que proponían los Lips, las proyecciones en las pantallas, los rayos láser, las criaturas mitológicas y los superhéroes. Las pelotas-globos no dejaban de rebotar en la gente, y luego una enormísima, color azul, solitaria, como el planeta tierra entre planetas alienígenos, comenzó a dar su gira por el universo de fanáticos. Luego otro globo azul de igual tamaño se le unió, como diciendo, nunca estamos realmente solos...

Durante dos horas The Flaming Lips tocaron de lo mejor de su repertorio, incluyendo "Free Radicals" y "The Yeah Yeah Yeah Song", quizás las más celebradas por el público, así como "The W.A.N.D." y "Fight Test"... pero lo más verdaderamente épico -y épico fue el término que Wayne mismo repitió una y otra vez en sus desvaríos introductorios, en los que, convertido en un filósofo improvisado relfexionó sobre la brevedad de la vida y la inminencia de la muerte; sobre la posibilidad de la paz y la estupidez de los políticos, sobre la historia del Hammersmith Apollo y su especialísima vibra, lo más verdaderamente épico decíamos fue cuando ya en encore, Wayne desdobló un papel de su bolsillo y dijo que alguien en el público le había mandado una carta contándole de un chico llamado Steven que había muerto hace un mes y que él había pedido que cierta canción de los Flaming Lips fuera tocada en su funeral... por supuesto, la canción que siguió fue "Do You Realize?", en una versión extendida con todo y fragmentos a capella, en que por primera vez el público londinense pareció desgarrarse la garganta cantando la que quizás sea el himno más honesto a la finitud que se haya compuesto en los últimos años.

Por si esto no hubiera sido lo suficientemente emotivo, los Lips tocaron un cover de la Bohemian Rhapsody con todo y las letras estilo karaoke en la pantalla, en un momento verdaderamente heróico, indescriptible, en que si eso hubiera pasado en México el lugar hubiera sido destruido, sangre hubiera volado por los aires y más que una beldad se hubiera subido al escenario a besar al Lip mayor. Pero no, el público de Londres observaba divertido, las sonrisas imperaban sí, pero incluso, en este momento pirotécnico, trágico, cósmico, magnánimo, grandioso, todavía a mis alrededores habían imbéciles que bostezaban o veían sus relojes (uno en particular, de look trendy-latino clase media muy preclaro, quizá condechi, me molestó particularmente por su desdén y su ignorancia). La pieza de Queen funcionó como un exergo, un outro que definía el concepto de los Lips esa noche, la fenomenología del rock en pleno, la descarga de energía catártica que es el rock. Un acontecimiento espectacular en el mejor de los sentidos, el concierto de los Flaming Lips confirmó el altísimo nivel de complejidad que puede alcanzar una presentación en vivo de música pop, llena de alusiones a la historia pasada pero también al futuro, construyendo metáforas que unen espacios tan aparentemente disímbolos como la ontología y Plaza Sésamo, cortando el espacio y el tiempo simultáneamente con el acha de las guitarras, los teclados, la exactísima y poderosísima batería y la voz siempre emotiva, siempre doliente de Wayne Coyne. Un homenaje al amor y a todas las cosas que se desvanecen en el aire, los Flaming Lips celebraron todo aquello que es efímero, con una música y un performance que perdurarán para siempre en mi memoria.



2 Comments:

Blogger ira said...

No solo te odio amorosamente por ver a los Lips, también te odio por saber escribir sobre ellos. A mí me emocionan de tal forma que no puedo.

11:04 a.m.  
Blogger e. said...

Ja! Yo los vi en Coachella hace dos años, y fue un desmadre también... se chuparon todo el set con tres canciones, una de ellas las mañanitas (en español), para la hija de Beck. Son grandes performers...

1:52 p.m.  

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